CASTILLO, Galería Nacional Durero

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Entre los numerosos cuadros importantes que se conservan en Praga, la Fiesta del Rosario merece sin ninguna duda un lugar de honor. Se trata de uno de los tres retablos que Alberto Durero pintó alrededor de 1506, cuando el artista se encontraba en Venecia.

Los estudiosos lo consideran la obra maestra más importante del Renacimiento alemán. El retablo se encuentra en Praga por petición del emperador Rodolfo II, que pretendía crear en su capital la mayor colección de pintura al norte de los Alpes.

Se salvó del saqueo que sufrió la colección del castillo durante la guerra de los Treinta Años, gracias a que se encontraba en el convento de Strahov. Desde 1933, es la joya indiscutible de la Galería Nacional.

 

Este gran retablo se realizó para la iglesia de San Bartolomeo de Venecia, donde se reunían los comerciantes alemanes de la Confraternidad del Rosario, y celebra el nacimiento de la confraternidad alemana representando un encuentro entre el papa Sixto IV, que autorizó su creación en 1476, y el emperador Federico III de Prusia. La Virgen del Rosario, patrona de la asociación, los bendice colocándoles sobre la cabeza una corona de rosas.

 

Durero representó a los personajes con los rostros de sus coetáneos. En Federico representó a su propio hijo, Maximiliano I es en realidad el protector del artista, y Sixto IV es Alejandro VI Borgia. Además, retrató a varios personajes fuera de lugar, como Jakob Fugger, banquero y presidente de la confraternidad en Venecia, que había encargado la obra. Como era costumbre, el mismo Durero también se había autorretratado. Se encuentra entre los espectadores y muestra un documento escrito en latín con la firma, fecha e indicación del tiempo que tardó en pintar el retablo, cinco meses.

 

Aunque la obra haya llegado hasta nuestros días en pésimas condiciones de conservación y dañada tras pésimas restauraciones que han alterado la original, sigue siendo una de las más importantes de la carrera de Durero, con la que pretendía encontrar un punto de convergencia entre la refinada pintura italiana de principios del siglo XVI y el preciado estilo nórdico, heredero de la pintura flamenca.

 

Curiosidad: aunque Durero pretendía actualizar su cuadro, cometió un error. El papa representado es Alejandro VI Borgia, que había muerto tres años antes de que se pintara el cuadro y, en su lugar, el papa electo era Julio II.

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